Ariadna Galvis
Desde niña el escarabajo fue mi espejo. Pequeño viajero de mundos ocultos, portador de su propia fragilidad y de una fuerza que desborda silenciosa. Me conmovía su torpeza, esos tropiezos diminutos que los hacían aún más humanos a mis ojos. En su andar aprendí la resiliencia que no se impone, sino que se sostiene en cada giro de su cuerpo, en la aparente fragilidad que esconde un núcleo de persistencia. Entre recuerdos de infancia y encuentros silenciosos comprendí que la fuerza verdadera puede ser discreta y que la delicadeza también puede ser invencible.

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